La fuerte presión sobre las tasas largas alcanzó esta semana un nuevo punto de tensión. La tasa del bono del Tesoro a 30 años llegó a 5,34%, su mayor nivel desde 2007, mientras la de 10 años se aproximó a 4,75%. El movimiento sigue pareciendo excesivo respecto de los fundamentos inflacionarios: las expectativas de inflación de largo plazo se han mantenido relativamente contenidas y buena parte del ajuste se ha concentrado en las tasas reales y el term premium. Desde fines de junio, la tasa del TB2 ha subido considerablemente menos que los plazos de 10 y 30 años, confirmando que el mercado está exigiendo una prima adicional para mantener duración y no simplemente incorporando una FED más restrictiva.

Detrás de este aumento existe una combinación de factores. El deterioro fiscal y el fuerte crecimiento de la deuda pública -que ya superó los US$40 trillones- han elevado la preocupación por la cantidad de bonos que el mercado deberá absorber durante los próximos años. A ello se suman la elevada emisión corporativa asociada al ciclo de inversión en inteligencia artificial, dudas sobre la orientación futura de la FED, una menor disposición de algunos inversionistas internacionales a aumentar su exposición a Treasuries y el fuerte incremento del petróleo derivado de la escalada en Medio Oriente. En conjunto, estos elementos han elevado la prima exigida por mantener bonos de largo plazo, aun cuando el mercado no esté anticipando un desanclaje significativo de la inflación.
