El conflicto en Medio Oriente ha ido evolucionando desde un shock acotado de precios hacia un escenario donde se incrementa el riesgo de una disrupción más profunda y potencialmente persistente del sistema energético global. Si bien aún no se configura plenamente un quiebre estructural, la combinación de daños en infraestructura, escalada geopolítica y restricciones logísticas está tensionando de forma relevante el equilibrio energético.
- Daño en infraestructura: riesgo de pérdida prolongada de capacidad,
Los ataques a infraestructura crítica —en particular al complejo de Ras Laffan en Qatar, que antes del conflicto abastecía cerca de un 20% del mercado mundial de GNL— han provocado daños relevantes y paralizaciones productivas.
Si bien existe alta incertidumbre respecto a los plazos de normalización, algunas estimaciones apuntan a que parte de esta capacidad podría permanecer fuera de operación por un período prolongado, con pérdidas significativas en ingresos. La extensión de los ataques hacia otros activos energéticos en la región refuerza el riesgo de que el deterioro de la oferta se vuelva más persistente de lo inicialmente previsto.
- Escalada geopolítica: señales que elevan la duración esperada.
El deterioro del sistema energético ocurre en un contexto de tensiones que se mantienen elevadas. Irán ha continuado con ataques hacia países del Golfo —incluyendo Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Kuwait— incluso tras señales puntuales de moderación por parte de Israel respecto a infraestructura energética, mientras que este último mantiene operaciones dentro de territorio iraní.
En paralelo, EE.UU. evalúa medidas más agresivas —como una eventual acción sobre la isla de Kharg— y ha solicitado recursos fiscales adicionales para sostener su participación. Si bien no hay definiciones concluyentes, estos elementos sugieren que el mercado podría comenzar a asignarle una mayor probabilidad a un conflicto más prolongado.
- Disrupción logística: presión creciente sobre el Estrecho de Ormuz.
A la incertidumbre sobre la capacidad productiva se suma una disrupción relevante en el canal logístico. El Estrecho de Ormuz —clave para el comercio global de petróleo y GNL— opera bajo condiciones restringidas, con menor tráfico y mayores riesgos para la navegación.
Si bien el flujo no se ha detenido completamente, la combinación de amenazas a embarcaciones, mayores costos de seguros y disrupciones operativas ha comenzado a afectar la distribución de energía. Esto introduce un elemento adicional: el riesgo de que la restricción de oferta no provenga solo de producción, sino también de cuellos de botella logísticos.
- Reacción de precios: aumento de la prima por riesgo
Los precios del petróleo han incorporado este escenario de mayor incertidumbre. El Brent se ubica en torno a US$110 por barril, alcanzando máximos desde 2022, mientras el WTI superó los US$98 por barril.
Más allá del nivel, el movimiento refleja una mayor prima por riesgo geopolítico, asociada a la posibilidad —aún no materializada completamente— de interrupciones más persistentes en la oferta global.
Precio del Petróleo – WTI

(US$/barril)
- Implicancias macroeconómicas: riesgos inflacionarios al alza.
Desde el punto de vista macroeconómico, el principal canal de transmisión sigue siendo inflacionario. El encarecimiento de la energía, junto con la incertidumbre sobre su disponibilidad, eleva el riesgo de presiones de precios más persistentes.
Esto comienza a reflejarse en un cambio en el tono de algunos bancos centrales, particularmente en Europa, donde se ha abierto la discusión sobre eventuales alzas de tasas, en contraste con las expectativas previas de recortes. No obstante, este ajuste aún responde a un escenario de riesgos, más que a un cambio consolidado en el ciclo.
- ¿Un escenario en transición? A nuestro juicio, aún no.
En conjunto, la situación actual sugiere que se ha intensificado el riesgo de que el shock energético evolucione hacia un fenómeno más persistente. Sin embargo, a nuestro juicio, aún no es posible afirmar que la economía global haya entrado plenamente en un nuevo régimen de disrupción prolongada.
En este contexto, el escenario base continúa siendo uno en que las tensiones geopolíticas ceden gradualmente y que se restablecen parcialmente los flujos energéticos. Sin perjuicio de ello, reconocemos que el balance de riesgos se ha desplazado de forma clara al alza, hacia un entorno en el que los efectos sobre incertidumbre, inflación y crecimiento podrían extenderse más allá del corto plazo.